Historias, relatos, cuentos, editoriales y crónicas, de todo tipo, con un toque de realidad estadounidense, peruana y mundial.



jueves, 14 de julio de 2011

¡Bienvenidos! Lo que comenzó todo...


Recuerdo que desde pequeño he poseído algunas aptitudes para escribir.
Todo comenzó desde que, en una noche de Año Nuevo, hace ya mucho tiempo, y cuando apenas y sin darme cuenta, estaba dejando de ser un niño, se me ocurrió enamorarme de mi vecina. Vivía en ese tiempo en Lima, en mi recordada casita de La Molina; una casa hermosa, de imagen imborrable, de tres pisos, cuyos pisos y paredes no podría olvidar mientras viva. Digo que se me ocurrió enamorarme de mi vecina, porque en realidad a ella la había conocido ya con mucha anterioridad.
Había jugado con ella desde que iba al primero de primaria; también con su hermano que en ese tiempo fue el mejor amigo de mi infancia, con sus primos y primas, y con sus amigos y amigas; con toda la patota del barrio. O sea, la había conocido ya de hace muchos años atrás, pero aquella noche de Año Nuevo, parece que mi desarrollo biológico-hormonal cobró un impulso sobrenatural, y aquella noche que salí a jugar con ella y el resto de mis, en ese entonces, pequeños amigos, la vi descomunalmente hermosa, como nunca antes. Tenía once u doce años en aquella época. Nuestros juegos de amigos estaban cambiando rápidamente; ya no jugábamos más a los encantados, a las escondidas, o al mata-gente (¿alguien se acuerda de esos juegos todavía?); sino que escuchábamos música, platicábamos sentados bajo la quietud de un árbol o sobre un muro a medio construir, o hacíamos planes para ver películas en la casa de alguien, en uno de esos aparatos VHS que ya son parte de los museos, con chicha morada o refrescos, palomitas y una cierta complicidad inexplicable que sólo proporcionaba la penumbra, las luces apagadas y los resplandores blanquecinos de la televisión.

Como era la primera vez que me enamoraba (según yo, a esa imberbe edad), y además, nunca tuve el valor de decírselo, lo mejor que pude hacer fue encontrar un cuaderno y, prácticamente de la nada, sin motivo aparente y movido por las inestables emociones de un incipiente desarrollo propias de un adolescente, empecé a escribir. Ya ni siquiera recuerdo exactamente lo que escribí en ese cuaderno; recuerdo más que era un cuaderno viejo, de maltratada tapa, en el que aboqué mis primeras disforzadas líneas literarias.

Debo confesar que desde mi época de adolescente, siempre he escrito mayormente impulsado por alguna niña, alguna chica o alguna mujer. Debo reconocer también que esta costumbre no ha cambiado mucho. Probablemente por esta razón, siempre mis períodos de sufrido escribidor, perdido casi siempre por el amor, eran casuales pero intensos. Mis escritos a muchas chicas se podrían contar por varias páginas, tantas, que creo podría recopilarlas todas y elaborar una nutrida colección de epístolas, y meterlas todas en un solo libro, cuyo volumen sería fácilmente comparable al grosor del libro Anna Karenina, de León Tolstoi.

La gran pregunta del millón de dólares, si dudas, es: entonces, ¿qué es lo que me ha impulsado a escribir esta vez? Siempre he escrito por una mujer, siendo ellas la razón directa o indirecta de mis líneas, no importa cuales fueren. Reconozco mi debilidad en este sentido. Parece que el escribir parece haberse transformado en un prostituido vicio que tiene como única razón el desfogue de ciertos sentimientos que, a pesar de mi edad y madurez, no he podido someter a plenitud.

Me supongo que, si hay alguien que lee esto, estaría esperando una respuesta directa de mi parte. En todo caso, la respuesta breve a la pregunta del millón, sería un SI. Qué más da negarlo. Blogueo nuevamente por culpa de una mujer, sería una respuesta un poquito más sentimental, pero no creo que apropiada, de ninguna manera. Sin embargo, esta vez hay una excepción bastante importante para ser dejada de lado.

Creo que enamorarme de alguien ya no es, sinceramente, como lo era en el pasado, un motivo tan fuerte como para escribir únicamente por eso. No quiero decir cosas como que ya estoy viejo, y que la idea y el sentido de enamorarme ya no era lo que fue en el pasado; o que esa pasión que, de todas formas, el tiempo va extinguiendo, quiéralo o no, no es la inspiración fugaz que alguna vez ha significado; aunque algo de cierto encierran estas declaraciones. Simplemente quiero escribir. Así de simple y sencillo. Siempre lo he querido hacer, sólo que yo siempre he pensado, equivocadamente tal vez,  que las únicas oportunidades de las que gozaba para escribir era cuando el vendaval de un amor se cruzaba en mi camino. Ya no me creo tanto este cuento que yo mismo me encargué de hacer ver tan verosímil. Siempre quise escribir, pero nunca me atreví a hacerlo en su real e imponente dimensión. Siempre quise escribir. Siempre, siempre, siempre. Y resulta hasta liberador el poder admitirlo.

Sería necio el enumerar sobre todas las cosas sobre las que podría escribir. Pero podría compartir algunas de ellas. ¿Por qué no escribir, por ejemplo, sobre la sombría situación de los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos? Una situación que observo, percibo y sobrellevo, día a día, aquí, en este país al que últimamente la etiqueta de “país de las libertades” le está quedando un poco grande. ¿Por qué no escribir sobre las desigualdades sociales y económicas, brechas que nos separan cada vez más, entre seres humanos? Es realmente intolerable que unas pocas personas en el mundo aglutinen el poder y la riqueza, y que conduzcan a su putrefacta voluntad el destino de la humanidad. Es positivamente injusto que, al menos, no nos desvelen los ojos y podamos darnos cuenta el por qué existe el explícito crimen, que se comete frente a nuestras narices, de dejar a millones de personas morir de hambre, de sed, de enfermedades, y de guerras sin sentido. O ya que soy un fanático del fútbol, por ejemplo, ¿por qué no escribir de la belleza, la exquisitez, y el poema escrito con pases cadenciosos, de un equipo como el Barcelona de España? Ser comentarista deportivo siempre me ha parecido de lo más interesante, y ofrecería, decididamente, ofrecer un poco de mi tiempo en platicar acerca del juego del Barcelona. O mejor aún, siendo peruano, y extrañando tanto como añoro a mi país, ¿por qué no escribir acerca de la realidad, los sueños, los retos y los objetivos que presenta un país como el Perú? Amando tanto como un peruano como yo quiere a su país, realmente me encuentro casi en falta grave, al haber desaprovechado las oportunidades para poder emitir lo que pienso acerca de la realidad peruana. ¿O por qué no contarles pequeñas experiencias que en ciertas ocasiones suelo vivir u observar, y que podría divertir, o tal vez instruir al mismo tiempo?

En resumen, quiero escribir. Amo escribir. Lo puedo firmar. Aunque ya no sé si pueda ya hacer de esta aptitud una habilidad, lo cual es, sin duda, solamente responsabilidad y culpa mía.

No quisiera finalizar sin extender un par de agradecimientos. Uno es a aquella mujer que es diferente, y que siendo una belleza total, es aún más inteligente que hermosa, y esto ya es mucho decir. He conocido, hace ya muchos años, a una mujer de estas características, pero aunque parezca gracioso, y suene irreal, y hasta burlesco o ridículo, sólo la llegué a conocer por teléfono (o por Internet, que da lo mismo para los efectos del caso). Esta vez fue diferente, la conocí en persona, en vivo y en directo, en carne y hueso, y no cabe duda que sólo por esta razón, tengo tanta oportunidad de estar con ella, como la probabilidad de que llueva de abajo hacia arriba. No perderé, desde luego, la oportunidad de describirla después; tal vez la disfrace en forma de un cuento.

El otro agradecimiento es a un gracioso, singular, divertido, elocuente, parlanchín y loco amigo mío, muy arraigado en sus maneras y pensamientos. No quisiera mencionar su nombre, pero sin duda, él será un personaje imposible de no mencionar en mis próximos artículos. Una de las razones por las que, creo, los años no pasan en vano; sólo el vivir saboreando cada minuto, y el estar despierto y atento a las oportunidades, permiten conocer a personas tan singulares como el señor G.

Disculpen la solemnidad de este post de bienvenida, pero creo, sinceramente, que la ocasión lo ameritaba. La formalidad es necesaria en ciertas ocasiones. Espero, de todo corazón, que disfruten de este blog.

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Un pensamiento sin fronteras

Cinco años después de mi primer (y última, hasta ahora) publicación, siento la necesidad de retomar un rumbo, emocionado; pero que por mucho años había temido recorrer. El tiempo ha sido un río que ha traído mucha corriente, algunas piedras, y alguno que otro pez. También que me siento ya más seguro al haber explorado ya este río.

El mundo, Estados Unidos de América, y el Perú, viven momentos delicados y, tal vez también de cambio. Yo sigo sirviendo comida italiana, deliciosa; sin embargo es un trabajo sin ningún futuro. He pisado el college y estoy a un par de meses de sacar mi primer título de educación superior; seguramente, eso debió pasar hace muchos años. Las mujeres son mi talón de Aquiles para alguien como yo, que no soy ningún Aquiles. Los recuerdos se acumulan y cada vez se hace más difícil desempolvarlos pero, milagrosamente, no importa qué tanto tiempo hayan sido relegados: sobreviven a todo. Y el mundo sigue girando; hace lo que se espera de él y, lo que a veces, quisiéramos que no hiciera de cuando en cuando.

Todo ha cambiado; yo he cambiado y, para remate, estoy más gordo. Pero mi deseo de escribir no ha cambiado. Tomó un viaje para desaparecer, pero ha regresado. No es ambicioso, no es ninguna pasión y no existe como una manifestación incontrolable, pero tampoco dejó de existir; sigue allí y seguía allí, esperando un claro, una oportunidad para regresar, para poder impulsar Narraciones Sin Fronteras.

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